Alia Alzougbi es la directora artística y CEO del Festival Shubbak. Su trabajo se centra en la intersección entre el arte y la justicia social y medioambiental. En su práctica, utiliza las artes para interrogar las causas fundamentales de la desigualdad y explorar modos alternativos de comprender el mundo y de habitarlo, situando en primer plano la dignidad de todos los seres y de la Tierra, nuestro único hogar. Ha trabajado con organizaciones nacionales e internacionales como artista y narradora para crear encuentros críticos en la educación y las artes orientados a la liberación colectiva, desde tiendas de barrio hasta museos de renombre mundial. De cara a su participación en las Jornadas de Inclusión Social en Tenerife, hablamos con ella para preguntarle por su trabajo y sus expectativas frente al encuentro.
Para quienes no estén familiarizados con él, ¿podrías describir qué es el Festival Shubbak, cómo se creó y cuál es vuestra misión?
Shubbak es un festival galardonado por la UNESCO dedicado a la cultura contemporánea árabe y del Suroeste de Asia y Norte de África (SANA), y es el mayor de su tipo en Europa. Nuestra misión es llevar lo mejor de las artes y la cultura árabe/de SANA a públicos del Reino Unido y del resto del mundo. Nuestro programa abarca múltiples disciplinas, como teatro, música, danza, literatura, artes visuales y artes interdisciplinares, presentando obras nuevas y audaces de toda la región y de sus diásporas. Fuera de los años en los que se celebra el festival, anualmente desarrollamos un amplio programa de participación comunitaria, desarrollo artístico, residencias y giras.
Shubbak fue fundado en 2011 por el Ayuntamiento de Londres. El festival se concibió inicialmente como un evento único que tendría lugar en el verano de 2011, seis meses después de la Primavera Árabe. A raíz de ello, un grupo de personas clave del sector cultural árabe en Londres consideraron que era necesario un diálogo más sostenido y urgente, así como una mayor presencia de artistas y culturas árabes en la ciudad, y trabajaron para convertir el proyecto en un festival bienal. La organización se registró como entidad benéfica, y el primer festival independiente tuvo lugar en julio de 2013. Desde entonces, se celebra de manera bienal.
¿Cuál fue tu primer encuentro con el festival Shubbak y cómo acabaste formando parte de su equipo?
Asistí al festival en su primera edición como una joven artista recién llegada, intentando abrirme camino en un panorama cultural competitivo y poco representativo. Como migrante, no entendía cómo funcionaban las cosas y las oportunidades para artistas como yo eran escasas. En 2015, me invitaron a actuar en el festival, lo que me dio confianza para proponer otros espectáculos que estaba produciendo. En 2019, me invitaron a producir una de las obras por encargo del festival, lo que me acercó aún más al equipo. Luego, en 2021, me presenté al puesto de dirección, y desde entonces he sido la responsable de supervisar la organización tanto artística como estratégicamente.
Tu trabajo a menudo se sitúa en la intersección entre arte, justicia social y justicia medioambiental. ¿Podrías compartir un ejemplo de cómo estos tres temas convergen en tu práctica curatorial u organizativa en Shubbak?
Esta es una pregunta muy importante para mí, especialmente en este momento. Para tantas de nuestras comunidades, inmersas en el duelo y la rabia, es difícil comprender cómo el mundo soporta la violencia que se está desatando sobre la región árabe y de SANA —cómo el mundo sigue adelante a pesar de la pérdida de vidas, tierras y medios de vida. El año pasado tuve que enfrentarme profundamente a la cuestión de qué significa organizar un festival en medio de un genocidio en Gaza, un ecocidio en el sur del Líbano y una violencia indescriptible en Sudán. No negaré que, ante una devastación de escala inimaginable, mi convicción en el arte se resquebrajó y dio paso al escepticismo. ¿Qué puede hacer un festival?
Como tantas otras personas, sigo lidiando con estas preguntas, pero vuelvo una y otra vez al principio del arte como resistencia. Como archivo. Como insistencia en que ninguna vida debe reducirse a la insignificancia. Y este es un hilo que atraviesa nuestras prácticas organizativas y curatoriales en Shubbak. Trabajamos para desarrollar políticas, procedimientos y modos de trabajo que pongan en el centro a las personas y al planeta. Esto significa que convertimos nuestros valores en acciones. Por ejemplo, valoramos a la comunidad, así que construimos metodologías para compartir el poder con ella mediante jurados, grupos asesores, la presencia de jóvenes en nuestro consejo, espacios de escucha. Valoramos el aprendizaje, por lo que entendemos que debemos ser humildes al escuchar, que quizá nunca lo tengamos todo resuelto, que este es un trabajo generacional y que, por ahora, somos sus custodios. Valoramos la Tierra, nuestro único hogar, por lo que nuestra política ética de recaudación de fondos establece líneas rojas sobre quiénes pueden y no pueden financiarnos.
A nivel comisarial, creo profundamente en el papel del arte para imaginar el mundo que queremos ver, y me entusiasman las obras que aman ferozmente, que sueñan sin pedir disculpas, y que mantienen firme nuestra convicción de que otro mundo es posible, y que en la raíz de esa posibilidad está nuestro entrelazamiento: entre nosotros, atravesando fronteras tangibles e imaginadas, no solo en nuestra región sino en todo el mundo, y con la Tierra, nuestro único hogar. Así que puedo entrelazar una obra digital anclada en la acción presente, como An Artist's Manual Against Apartheid de Farah Chamma y LIEV, con una obra futurista como Limbs of the Lunar Disc de Sarah Al Sarraj, que evoca nuevos mundos a partir de realidades temporales. Ambas son importantes y dialogan entre sí de forma urgente sobre la acción que tomamos hoy y el poder de la imaginación para conducirnos hacia futuros alternativos.
Para mí, el arte mantiene una esperanza desordenada y amarga en medio de la destrucción. El arte no es un ejercicio aislado: es la semilla que determina el ADN del sueño de que podemos hacerlo mejor, de que podemos imaginar un mundo mejor y de que podemos ensayar, desde hoy, cómo empezar a construirlo.
En 2021, el lema del festival cambió de “Una ventana a la cultura árabe contemporánea” a “Una ventana desde las culturas árabes contemporáneas”. ¿Por qué fue este un cambio significativo para el festival en términos de representación?
Cuando asumí el cargo en 2021, me pareció crucial pluralizar las culturas del mundo árabe. El lema de Shubbak solía decir: “Una ventana a la cultura árabe contemporánea”. Pero no somos un pueblo homogéneo: somos un multiverso de sociedades, prácticas, gastronomías y lenguas, y el término “árabe” borra culturas de la región que no se identifican como tal y aplana la diversidad de modos de vida, que a menudo pueden estar en contradicción entre sí. Así que esta representación de pluralidad era fundamental.
Posteriormente, nuestra directora ejecutiva, Dima Mekdad, planteó la cuestión importante de la “mirada”, desplazando el enfoque de ser observados a través de una ventana, a que la ventana sea el marco mediante el cual proyectamos nuestras culturas múltiples bajo los términos de nuestras propias comunidades. Es un cambio de posición poderoso: dejamos de ser objeto de la mirada para convertirnos en agentes activos que determinan la dirección de esa mirada.
Este año, los temas principales de las Jornadas de Inclusión Social son la movilidad y el desplazamiento. ¿Cómo crees que estos temas están presentes o se interpretan en el trabajo que promovéis en Shubbak?
Estos temas están muy presentes en nuestro trabajo, desde el tiempo, dinero y esfuerzo que supone tramitar visados, hasta el coste de los vuelos (tanto económico como medioambiental) y la política de fronteras (qué cuerpos pueden cruzar qué fronteras y cuáles permanecen encerrados). Como organización diaspórica, la migración es un tema central para nosotros, —de hecho, es una realidad cotidiana para el equipo, ya que somos migrantes árabes y SANA de primera generación en el Reino Unido. Operativamente, la denegación de visados es parte de nuestro cotidiano y esto provoca que algunos espectáculos no puedan presentarse en el festival, lo cual es devastador para los artistas y tiene implicaciones reales en sus finanzas y en su capacidad para construir una carrera. Debemos seguir señalando este problema, y requiere muchísima capacidad para una organización pequeña como la nuestra, que ya rinde por encima de sus posibilidades.
En cuanto al desplazamiento, el número de artistas desplazados con los que hemos trabajado a lo largo de los años es incontable. Pero especialmente en una época en la que los discursos pueden ser tan divisivos, racistas e inhumanos en todo el mundo, nuestro trabajo consiste en reavivar la conciencia de que el movimiento humano, voluntario o no, es tan antiguo como el tiempo. En última instancia, nuestro festival trata sobre narrativas, y la historia que contamos desafía estereotipos, ofrece perspectivas alternativas y defiende la dignidad humana (y más allá de lo humano).
Pensando en movilidad, movimiento y migración, ¿de qué maneras te ha permitido el festival Shubbak conectar con artistas, curadores e instituciones a nivel global? ¿Incluyen estas conexiones internacionales a España?
Liderar un festival internacional significa encontrarme regularmente con artistas, curadores e instituciones de contextos muy diversos. Es siempre una experiencia que me recuerda la humildad. Podemos perseguir objetivos similares, pero la forma en que las ideas se manifiestan en distintas realidades es una llamada de atención sobre los muchos caminos que recorremos. Valoro profundamente estas conversaciones: son esenciales para el proceso de desaprendizaje y un recordatorio de que no existe un modelo único.
España ocupa un lugar especial en mi corazón, especialmente en estos últimos tiempos. Como artista y productora independiente, llevé una lectura dramatizada del libro Syria Speaks a Casa Árabe en Madrid. Más recientemente, fui invitada por el British Council a moderar un panel sobre inclusión en Mondiacult, que tuvo lugar en Barcelona.
De cara a tu participación en las Jornadas en Tenerife, ¿qué esperas obtener de esta experiencia?
¡Aprender, escuchar y sentirme humilde! Exponerme a perspectivas, realidades y comprensiones distintas, al mismo tiempo que comparto mis propias convicciones, creencias y experiencias vividas. Esa es la belleza de reunirse en torno a un propósito y un tema común.