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Cortesía: Concéntrico ©

Julia Fosman

Sahra Hersi es una artista y diseñadora espacial afincada en el este de Londres cuyo trabajo se basa en la creencia de que las personas y los lugares que habitan son inseparables. Su práctica abarca distintas escalas, desde piezas íntimas impulsadas por la investigación hasta encargos públicos de gran escala, con un interés constante en la materialidad y en la pregunta de qué requiere un lugar o un momento determinado. Su trabajo opera en dos registros: el diseño como un acto de cuidado, y el arte como un medio para plantear cuestiones más amplias y provocar conversación. Ha recibido encargos de instituciones como el Future Observatory del Design Museum, V&A East y UP Projects, y da clases en el programa de grado en diseño de Goldsmiths, University of London.

Tras su intervención del año pasado, en la que invitaba a participantes a imaginar su propio huerto urbano, Hersi regresa este año a Concéntrico, que tendrá lugar en Logroño del 18 al 23 de junio, para liderar la continuación del proyecto. En esta ocasión, lo llevará del concepto a la realidad y dará vida a algunas de las ideas que surgieron el año pasado, incorporándolas a un verdadero huerto comunitario. Hablamos con ella para conocer más sobre su trabajo y la nueva fase de este proyecto. 

Para quienes descubren tu trabajo por primera vez, ¿cómo explicarías qué haces y qué te llevó a convertirte en artista y diseñadora espacial?

Soy artista y diseñadora espacial. Trabajo principalmente en el ámbito público, y también soy profesora en la Universidad de Goldsmiths en el grado de Diseño. Mi práctica es multidisciplinar y está impulsada por el proceso. Trabajo en escultura, arte público, instalaciones, dibujo, cerámica, textiles, impresión e intervenciones espaciales. El medio y la escala cambian según el contexto y las necesidades de la comunidad, pero mi metodología y filosofía permanecen constantes. Mi práctica se centra en las personas y los lugares, entendiendo las comunidades a través de un compromiso profundo y la conversación. Me interesa descubrir y conectar historias e identidades dentro de los espacios, y reflexionar sobre cómo el diseño puede enriquecer la vida de las personas de maneras tangibles y significativas. Como alguien que proviene de un entorno de clase trabajadora, estoy profundamente comprometida con las cuestiones sociales y con hacer del espacio público un hogar para todos. Me interesa especialmente ampliar ese sentimiento de hogar, esa sensación de cuidado y pertenencia, hacia los espacios compartidos. Para mí, convertirme en artista siempre ha sido una forma de conectar con las personas, de expresarme y canalizar conversaciones e interacciones con otros hacia el trabajo creativo. Lo que me atrajo de esta práctica fue la necesidad de crear belleza, de dibujar y crear, pero más importante aún, de expresar no solo mi voz sino también las voces y experiencias de las comunidades con las que trabajo. El trabajo no termina con el resultado, es una continuación de la conversación. Como es tan público, se convierte en una forma continua de interactuar con las personas. En esencia, es arte para la vida.

A menudo describes tu trabajo como “preocuparte por las personas, los lugares, el arte y la arquitectura” en ese orden específico. ¿Cómo sientes que esta jerarquía se manifiesta en la práctica? ¿Ha habido momentos en los que ese orden se haya visto cuestionado o invertido?

Esta jerarquía se ha mantenido fundamentalmente válida en mi práctica, pero ha evolucionado y se ha expandido más que ser cuestionada o invertida. Cuando digo “personas”, cada vez entiendo más que se refiere a todos los seres vivos: a la flora, la fauna, los seres humanos, el propio entorno. El cuidado de los seres vivos en todas sus formas es primordial para mí, y eso se extiende a los materiales y sistemas que utilizamos para sostener la vida. Los lugares son, entonces, los contextos donde ese cuidado se manifiesta. Están vivos e interconectados. El arte y la arquitectura se convierten en las herramientas mediante las cuales expresamos e incorporamos ese cuidado en el mundo.

Más que haberse alterado, esta jerarquía se ha profundizado. Ahora pienso de forma más amplia sobre lo que significa “lo vivo”, eligiendo materiales duraderos y naturales, como la piedra, que envejecen con dignidad y respetan tanto la vida humana como la no humana. No se trata tanto de invertir el orden, sino de comprender que las personas, los lugares y el mundo vivo son inseparables. El cuidado se extiende en todas las direcciones.

La idea de evocar un sentimiento de hogar es un objetivo recurrente en tu trabajo al crear espacios públicos. ¿Cómo gestionas este propósito cuando trabajas con comunidades durante periodos de tiempo más breves, como en festivales, especialmente teniendo en cuenta el nivel de confianza que puede requerir?

Lo gestiono creando condiciones de seguridad y comodidad; en esencia, el hogar es sentirte seguro. Soy bastante estructurada en mi enfoque. Empiezo con dinámicas para romper el hielo porque quiero conocer a las personas como individuos, no como una masa. Intento crear conexiones genuinas con cada persona. Genero momentos agradables: tentempiés ricos, actividades creativas, y doy espacio para que las personas compartan y sean escuchadas y vistas. Así es como se construye la confianza en un tiempo limitado. Quiero que la gente se divierta, se sienta segura y creativa sin juicios, que conecte entre sí y conmigo, y aprender realmente de ellos.

El hogar no se trata solamente de permanencia; lo llevamos con nosotros de distintas maneras, como sensaciones y recuerdos. Intento crear conexiones reales a través de la estructura, el cuidado y la generosidad. También trato de dejar algo físico: publicaciones, impresiones o regalos que surgen a partir de nuestra interacción. Pero, en esencia, se trata de la calidad del encuentro y el acto de generar seguridad y bienestar, independientemente de la duración.

El año pasado participaste en Concéntrico liderando un taller en el que se invitaba a las personas participantes a imaginar, dibujar y diseñar su propio jardín comunitario in situ. Este año lideras la continuación de ese taller, pasando del concepto a la realidad y dando vida a algunas de esas ideas. ¿Cómo traduces las conversaciones con la comunidad en decisiones espaciales?

Solo tuve un taller el año pasado, así que tenía que aprovechar bien ese tiempo. Hice preguntas concretas: ¿qué necesita un jardín comunitario? ¿Qué plantas os interesan? ¿Qué animales son importantes para vosotros? Escuché atentamente las historias, los símbolos y las narrativas que surgían de esas conversaciones y de aquellos dibujos.

De ese taller surgieron imágenes como pájaros, lavanda, flores, peces en estanques y abejas polinizadoras. Dibujé estos símbolos y ahora estoy trabajando en incorporarlos al diseño espacial. El huerto estará en una biblioteca de Logroño y se cederá a una asociación local de jardinería. Espero trabajar con ellos para decidir qué plantas se pueden cultivar. Las historias y símbolos que la gente compartió pasan a formar parte de cómo diseñamos el huerto, incluso mientras afrontamos limitaciones prácticas.

Los huertos comunitarios suelen cruzarse con cuestiones como la sostenibilidad, el acceso y la vida urbana. ¿Cómo entiendes el diseño como una herramienta de cambio en un proyecto como este?

El diseño es una herramienta de cambio cuando nace de un cuidado real por las personas y los lugares. Estoy diseñando un huerto comunitario con un refugio y un espacio de reunión inspirado en el cobertizo de jardinería inglés, pero reinterpretado para el contexto de Logroño y basado en ideas que surgieron durante el taller del año pasado. No se trata solo de cultivar plantas, sino de crear acceso y un sentido de pertenencia en la comunidad. Las personas, los lugares y la sostenibilidad no son independientes, están entrelazadas. Necesitamos entornos limpios y seguros para vivir. Ha sido una suerte trabajar con Concéntrico, que ha estado alineado con esta forma de pensar desde el principio. Han sido clave para lograr colaboraciones con la biblioteca e idear una visión del proyecto a largo plazo. La asociación de jardinería y la biblioteca han ofrecido generosamente hacerse cargo del huerto, dándole continuidad más allá del festival. Lo he diseñado de manera tal que sea flexible: se han levantado adoquines para crear zonas de plantación, pero quiero que evolucione según las necesidades de la comunidad. Requiere cuidado y mantenimiento, por lo que también es un espacio de experimentación. Me interesa ver en qué se convierte, cómo cambia y si perdura. El festival en sí actúa como un laboratorio para poner a prueba ideas en el espacio público.

Has hablado anteriormente de la importancia de dejar un impacto duradero a través de tu trabajo. ¿Qué te gustaría que este jardín llegara a ser para la comunidad de Logroño a largo plazo?

Espero que el huerto se convierta en un espacio vivo y en evolución, que pertenezca a la comunidad: un lugar donde la gente pueda reunirse y conectar tanto con la naturaleza como entre las personas. Espero que se convierta en un verdadero huerto de biblioteca: un espacio de aprendizaje, intercambio y descubrimiento, donde las personas puedan ralentizar su ritmo y encontrar descanso en su vida cotidiana. Más allá del espacio físico, quiero que el huerto conserve las historias, los símbolos y las narrativas que surgieron en el taller del año pasado: los pájaros, la lavanda, las flores, los peces y las abejas que dibujaron los participantes. Estos elementos se integran en el espacio como una forma de honrar las voces que le han dado forma. También espero que se convierta en un espacio de experimentación para reflexionar sobre la sostenibilidad y el cuidado: cómo crear entornos limpios y seguros que nutran tanto a las personas como al mundo vivo. El refugio y el espacio de encuentro pueden convertirse en un núcleo para las actividades del grupo de jardinería de la biblioteca, un lugar para seguir construyendo comunidad y compartir conocimiento. Sobre todo, espero que perdure porque la gente lo cuide y lo haga suyo; que cambie y evolucione según las necesidades de la comunidad. No quiero imponer una visión fija. Quiero que sea lo suficientemente flexible para convertirse en algo nuevo si así sirve mejor a la comunidad. Ese es el verdadero impacto duradero: un espacio que pertenece a las personas y crece con ellas.