Amani Saeed es una escritora internacional cuyo trabajo acerca las grandes cuestiones de nuestro tiempo a la mesa de la cocina. Escribe poesía, guiones cinematográficos, artículos, reseñas de citas desastrosas y cualquier otro formato que le permita transmitir su mensaje. Su obra explora las tensiones y crisis que surgen al vivir entre culturas a veces (aunque no siempre) contradictorias, transitando la fina línea que separa y conecta las raíces y los caminos.
Amani es la fundadora de the hen-nah party, una exitosa iniciativa interdisciplinar creada por y para personas queer del sur de Asia. Ha actuado y producido proyectos en espacios comunitarios muy vinculados a su trayectoria, como Rich Mix y The Common Press, así como en escenarios de prestigio internacional como el Royal Albert Hall, las Naciones Unidas, el Soho Theatre, el Royal Court Theatre y Shakespeare’s Globe.
Además, es facilitadora de talleres con una amplia experiencia trabajando con jóvenes y adopta un enfoque inclusivo y equitativo en su trabajo con escritores y escritoras de comunidades históricamente marginadas. Su poemario Split fue publicado por Burning Eye Books. También es coautora de Queer Parivaar, estrenada en BFI Flare 2022 y galardonada con el premio a Mejor Producción Británica en los Iris Prize de 2022.
Amani publica asimismo la serie quincenal en Substack in good faith, que aparece cada martes. Hablamos con ella tras su paso for la residencia literaria de FLEM Festival en Magaluf.
Para quienes están comenzando a conocer tu trabajo, ¿podrías presentarte y describir a qué te dedicas?
¡Hola! Soy Amani, escritora y artista de spoken word. Mi trabajo gira en torno a la identidad, la fe y la experiencia queer. Habiendo crecido en la intersección (léase: fuego cruzado) de ser una mujer mestiza, multinacional, musulmana y queer, me interesan las tensiones de los espacios intermedios. Me he cansado de intentar simplificar lo que es complejo, así que ahora escribo para hacer placenteras las contradicciones que el mundo insiste en enderezar; últimamente, el lugar donde se encuentran lo queer y el islam.
Soy la fundadora de la hen-nah party, una velada interdisciplinar con entradas agotadas, creada por y para personas queer del sur de Asia, que ofrece toda la alegría de una noche tradicional de henna, pero sin los estereotipos de género. He actuado en el Royal Albert Hall, el Globe y para las Naciones Unidas, entre otros espacios. Mi poemario Split fue publicado por Burning Eye Books, y el cortometraje que coescribí, Queer Parivaar, ganó el premio a Mejor Producción Británica en el Iris Prize 2022.
Escribo poesía, ensayos, guiones cinematográficos y, de vez en cuando, reseñas de malas citas; lo que haga falta para transmitir la idea. Acabo de lanzar una serie en Substack llamada Diasphoria que pone nombre a los callejones sin salida en los que la diáspora surasiática suele quedar atrapada cuando se trata de creatividad, y propone caminos alternativos. Porque solo hay un número limitado de veces que podemos recurrir a las referencias sobre decepcionar a las tías, los “coconuts” o la fruta cortada.
¿Cómo influyeron los lugares donde creciste y las culturas a las que estuviste expuesta en tu decisión de convertirte en escritora?
Nací en Londres, pero crecí en Princeton, Nueva Jersey. Provengo de un entorno predominantemente indio y crecí en una comunidad mayoritariamente asiática que apareció en un reportaje de The New York Times por su nivel de exigencia académica. Hiciera lo que hiciera, la cultura que me rodeaba esperaba que destacara en ello.
Al mismo tiempo, fue ese mismo distrito escolar el que ofrecía un club de escritura durante la hora del almuerzo para estudiantes, y fue allí donde empecé a escribir poesía. Además, llevo escribiendo diarios desde que era niña. Sin embargo, la escritura no se consideraba necesariamente una salida profesional. Por eso, siempre he pensado que ser escritora era algo que una era, más que una carrera que se elegía. Nunca decidí convertirme en escritora; simplemente siempre lo he sido.
Por supuesto, los escritores evolucionan, y actualmente me encuentro pensando en qué tipo de escritora quiero llegar a ser. Cuando era pequeña, veía el papel del artista, de forma más amplia, como el de alguien que “dice la verdad”, el tipo de persona que señala que el emperador va desnudo.
Quiero volver a alinearme con esa idea. Aunque he comisariado eventos que tenían ese espíritu en su núcleo, antes pensaba que escribía ante todo para mí misma, y que si alguien conectaba con lo que hacía, eso era un extra. Este año me estoy alejando de un trabajo tan centrado en lo personal y estoy pensando en cómo usar mi escritura para ser útil. Para mí, eso significa ser implacablemente honesta, incluso cuando eso implique ser subversiva, y encontrar formas de expresar lo que observo que despierten curiosidad y empatía, en lugar de reacciones defensivas. De ahí surge la serie Diasphoria.
Tu trabajo explora a menudo qué significa vivir entre culturas, comunidades e identidades. ¿Cómo ha evolucionado para ti el concepto de identidad con el tiempo y ha influido eso en el tipo de trabajo que eliges o aceptas crear?
Cuando era adolescente, mi comprensión de la identidad procedía exclusivamente de un lugar interno. Era algo que sentía que podía elegir por mí misma, ya fuera a través de la ropa que llevaba, la forma de hablar o incluso mi manera de escribir a mano, que quería que fuera distintiva y únicamente mía (un comportamiento muy típico de la adolescencia).
Llegar a la Universidad de Exeter supuso un auténtico choque cultural porque me di cuenta hasta qué punto el hecho de ser racializada y pertenecer a grupos marginados condicionaba la percepción que otras personas tenían de mi identidad, de formas sobre las que yo no tenía ningún control. Durante un tiempo interioricé esas percepciones. Sentía que tenía que aprender sobre “mi identidad” y “mi fe” como conceptos concretos para poder explicarlos y defenderlos en seminarios donde sabía que podían surgir puntos de vista racistas o islamófobos. Esto también afectó profundamente a mi práctica como escritora. Gran parte de mis primeras obras, especialmente las de spoken word, se centraban en defender a las mujeres musulmanas: intentar mostrar cómo era ser yo, cómo era ser como nosotras. Intentar que otras personas entendieran y empatizaran.
Ahora me encuentro en un momento en el que quiero volver a la idea de que, aunque la identidad se construye tanto desde dentro como en respuesta a nuestro entorno, no tiene por qué construirse de manera reactiva. No podemos negar los contextos y las sociedades en las que vivimos, pero sí podemos elegir moldearnos de manera consciente y en relación con otras personas. No puedo elegir no vivir en un mundo que a menudo reacciona hacia mí con sorpresa o incredulidad, pero sí puedo elegir no responder desde la defensiva ni sentir la necesidad de explicarme constantemente.
Puedo elegir escribir sobre temas que realmente me interesan y hacia los que me siento atraída, y hacerlo de maneras que sean fieles a mí misma, en lugar de producir ese tipo de contenido sensacionalista que la gente espera o quiere ver. ¿Quieres que te cuente que mi familia tuvo dificultades para aceptar que soy queer? ¿Que mi identidad se forjó a través del sufrimiento? ¿Que hablo constantemente de lo complicado que ha sido conciliar mi fe islámica con mi identidad queer? Pues no. Porque no es verdad. Voy a escribir sobre la alegría, muchas gracias, porque así es como vivo esa intersección.
Fundaste la Hen-nah Party, una alternativa queer a las tradicionales noches de henna donde las personas participantes disfrutan de actuaciones en directo, música, danza, poesía, conversación, comida y henna. ¿Qué te inspiró a crear un espacio así y qué te ha enseñado esta experiencia sobre reunir a las personas en un espacio comunitario?
Antes dirigía una velada llamada Golden Tongue para The Yoniverse, un colectivo de mujeres surasiáticas. En aquella época había muy pocos espacios centrados en la experiencia surasiática en Londres y siempre agotábamos entradas. Cuando el colectivo se disolvió, sentí una responsabilidad hacia la comunidad que habíamos estado sirviendo y quise mantener ese impulso. Yo estaba comenzando a explorar mi identidad queer y quería formar parte de una comunidad, pero no sabía muy bien cómo encontrarla. Así que pensé: ¿por qué no traer la comunidad hacia mí?
Dirigir la hen-nah party me ha enseñado muchísimo sobre cómo reunir a las personas, sobre todo que no es fácil y que no se puede dar nada por sentado. Las comunidades queer surasiáticas tienen necesidades complejas. Hablamos de personas cuyas vidas están marcadas por los legados históricos de la partición, el imperialismo, el sectarismo, los traumas generacionales, el racismo interiorizado y la homofobia. Y, además, parece que todos nos conocemos o hemos salido entre nosotros.
Durante mucho tiempo se habló mucho de los llamados “espacios seguros”, un término que acabó convirtiéndose en un eufemismo para referirse a lugares donde la gente no se enfrenta a elementos que puedan resultarle incómodos o desencadenantes. Eso no era lo que yo quería construir. Quería crear un espacio donde pudiéramos hablar de todas esas cuestiones difíciles y, al mismo tiempo, innovar. Gran parte de la cultura dominante tiene su origen en lo que se crea dentro de espacios queer negros y racializados. Quería comisariar un espacio valiente donde pudiéramos experimentar, fracasar y brillar al mismo tiempo.
Construir un espacio capaz de acogernos a todos es una tarea enorme, especialmente porque cada persona llega con expectativas y necesidades diferentes. Siempre decepcionarás a alguien. Pero, al mismo tiempo, también le mostrarás a otra persona que es posible imaginar un mundo completamente nuevo.
Durante tu participación en la residencia literaria FLEM 2026 estuviste trabajando en una serie de ensayos que llevabas tiempo escribiendo. Mirando atrás, ¿cómo influyeron el tiempo, el espacio y las conversaciones surgidas durante la residencia en la dirección de este proyecto y por qué consideras importante revisar una obra en un entorno diferente?
Durante la residencia pasé mucho tiempo con Mar, la escritora catalana ganadora de la residencia FLEM. Hablamos extensamente sobre nuestra relación con la escritura y con nuestras respectivas prácticas creativas. Yo tengo una relación algo codependiente con mi escritura; es decir, si no escribo de manera constante o durante largos periodos de tiempo, siento que estoy fracasando como persona. Para mí, escribir es una forma de vida. Mar, en cambio, trata la escritura como un trabajo. Puede entrar en ella, alejarse de ella y disfrutarla como una profesión, algo que me resultó una auténtica revelación. Puede sonar ridículo, pero de verdad no sabía que eso fuera posible.
Aprender de la forma en que Mar aborda su trabajo me ayudó a tomar distancia respecto al mío y a verlo más como un proyecto que como la siguiente etapa de mi vida. Investigué más de lo que suelo hacer normalmente y me sentí más cómoda dándome tiempo para pensar, pasear junto al mar y dejar que las ideas decantaran, en lugar de obligarme a sentarme y mover palabras sobre el papel. El entorno me permitió tomar distancia, algo que no hago lo suficiente. No me precipité hacia ninguna dirección concreta ni cedí a la presión de los plazos breves. De hecho, pude disfrutar realmente del proceso.
Como parte de las actividades de la residencia, ofreciste una charla junto a la escritora catalana Mar Picó Raquel. ¿Hay algo de lo que hablasteis que te haya dejado una huella especial y alguna reflexión que esperes que el público se llevara consigo tras la conversación?
Mar y yo hablamos sobre la importancia de disponer de tiempo, espacio y recursos para escribir. Puede parecer algo básico, pero, a diferencia de otras profesiones, quienes escriben no siempre cuentan con esas condiciones garantizadas. Si no tienes el privilegio de un contrato editorial o de un encargo remunerado, la mayor parte de lo que escribes surge de tu propia iniciativa. En mi caso, eso ha significado trabajar en otros empleos para poder sostener mi práctica creativa. A menudo realizo el trabajo mucho antes de recibir cualquier remuneración; es un riesgo que asumo personalmente.
En este sentido, espero que el público comprenda la importancia de apoyar a los artistas mediante encargos, una remuneración justa y una consideración real de lo que implica ser un profesional de la creación. No se puede escribir si no se puede comer.